¿Qué mata realmente a un tardígrado?
Desecados, los tardígrados (osos de agua) han sobrevivido diez días en el vacío del espacio y a unas mil veces la dosis de radiación que mata a una persona. Sin embargo, en un experimento, la mitad de los animales despiertos murió tras un solo día a 37 °C. Este video cuenta cómo ambas cosas pueden ser ciertas: el tun, un estado desecado en el que la vida casi se detiene; por qué sobrevivir a la sequía podría explicar también la tolerancia a la radiación; Dsup, una proteína de tardígrado probada en células humanas cultivadas y en ratones; la letra pequeña de los récords famosos; qué mata de verdad a un tardígrado; y los miles de tardígrados desecados que iban a bordo de Beresheet cuando se estrelló en la Luna en 2019.
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Tardígrados (osos de agua)
¿Qué mata de verdad a un tardígrado, uno de los diminutos osos de agua? Desecados, han sobrevivido diez días en el vacío del espacio y a rayos gamma con unas mil veces la dosis que mataría a una persona. Congelados, han vuelto a la vida tras treinta años en musgo antártico. Pero en un experimento, la mitad de los tardígrados activos, despiertos, murieron tras un solo día a 37 grados Celsius, más o menos la temperatura de tu cuerpo.
Todo eso es cierto. Para entender cómo, seguiremos a un tardígrado mientras su mundo se seca, y veremos por qué secarse lo protege de peligros que nunca encuentra en la naturaleza, y qué acaba finalmente con él.
El pequeño oso de agua
En 1773, un pastor alemán llamado Johann August Ephraim Goeze observó uno al microscopio y lo llamó kleiner Wasserbär, el pequeño oso de agua. Unos años después, el naturalista italiano Lazzaro Spallanzani le dio el nombre que los científicos aún usan: tardígrado, el que camina despacio. Mide menos de un milímetro, tiene ocho patas cortas y rechonchas terminadas en garras, y una boca con dos estiletes afilados que perforan su alimento. Se han descrito unas mil quinientas especies, desde sedimentos marinos a más de cuatro kilómetros y medio de profundidad hasta pozas de deshielo en glaciares alpinos.
Pero los que hicieron famosos a los tardígrados viven mucho más cerca de nosotros, en el musgo y los líquenes de muros, tejados y cortezas de árboles. Algunos pastan algas y otros cazan. En el intestino de una especie antártica, los investigadores encontraron mandíbulas de rotíferos y garras de otros tardígrados. Muchas especies no necesitan machos, y las hembras ponen huevos sin aparearse, a veces dentro de la piel que acaban de mudar.
Un cojín de musgo es un lugar difícil para vivir. Después de la lluvia es un diminuto humedal, y unos días secos después es polvo. Muchos tardígrados del mar y del agua dulce mueren si se secan. Los que viven en el musgo hacen otra cosa.
Vida oculta
Cuando el musgo se seca, el tardígrado retrae la cabeza y las patas y se encoge en un pequeño barril arrugado. Los biólogos lo llaman tun, o tonel. Conserva solo entre el dos y el tres por ciento del agua que tenía cuando estaba activo. Su metabolismo cae tanto que apenas se puede medir.
Puede permanecer así durante años, y el caso mejor documentado, en una muestra de musgo seco, es de unos veinte años. Añade agua y, en minutos u horas, se despliega y se va caminando. En 1959, el biólogo David Keilin llamó a este estado criptobiosis, vida oculta. Lo describió como un estado sin signos visibles de vida, en el que el metabolismo se vuelve apenas medible o se detiene por completo.
Eso plantea una pregunta extraña: ¿está vivo un tardígrado desecado? No muestra signos visibles de vida, pero tampoco está muerto, porque puede volver. Los tardígrados no fueron los primeros animales en los que se vio esto. En 1702, Antonie van Leeuwenhoek añadió agua a sedimento seco de un canalón y vio cómo unos animales diminutos llamados rotíferos volvían a la vida.
Hoy sabemos que el truco evolucionó más de una vez: en rotíferos, en algunos gusanos redondos, en huevos de artemia y en semillas de plantas. Congelado en el permafrost siberiano, un gusano redondo volvió a la vida tras unos cuarenta y seis mil años, y un rotífero tras unos veinticuatro mil. Incluso dentro de los tardígrados, las dos ramas principales parecen haberlo desarrollado por separado, con conjuntos de genes distintos.
Vidrio sin azúcar
Entonces, ¿qué impide que una célula desecada se desmorone? Muchos animales que sobreviven a la desecación llenan sus células de un azúcar llamado trehalosa. En los embriones de artemia llega a ser hasta un quince por ciento de su peso seco. A medida que el agua se va, el azúcar puede solidificarse en un vidrio que mantiene en su sitio las moléculas de la célula.
Los tardígrados tienen muy poca, y algunas especies parecen no tener casi nada. En 2017, Thomas Boothby y sus colegas del laboratorio de Bob Goldstein encontraron aquello de lo que parecen depender en su lugar: proteínas que solo existen en los tardígrados y que no tienen una forma fija. Mientras se seca, el tardígrado multiplica la actividad de algunos de estos genes hasta por veintidós. Cuando los investigadores bloquearon dos de ellos, menos tardígrados sobrevivieron a la desecación.
En un tubo de ensayo, las proteínas se convirtieron en un sólido parecido al vidrio al secarse. Trabajos posteriores mostraron que también pueden formar fibras y geles, y cómo protegen exactamente a la célula sigue en debate.
Diez días en el espacio
En septiembre de 2007, un experimento llamado TARDIS colocó tardígrados desecados en el exterior de un satélite ruso, el Foton-M3. Durante diez días, a una altura de entre 260 y 280 kilómetros, permanecieron en el vacío del espacio, expuestos a su radiación cósmica. Volaron dos especies: unos no recibieron nada de luz solar, otros recibieron parte de la radiación ultravioleta del Sol y otros, toda. De vuelta en la Tierra, los que solo se enfrentaron al vacío estaban tan bien como los tardígrados que nunca dejaron el suelo.
Tiene sentido, porque el vacío es sequedad extrema, y para la sequedad están hechos. Con toda la radiación ultravioleta, fue distinto. De una especie no volvió ninguno, y de la otra solo sobrevivieron tres animales. Los vuelos dentro de naves espaciales, sin luz solar, fueron mucho mejores.
En la última misión del transbordador espacial Endeavour, en 2011, sobrevivió más del noventa por ciento de los tardígrados, y sus huevos eclosionaron con normalidad. En 2021, la NASA envió una especie de tardígrado de laboratorio a la Estación Espacial Internacional para ver qué genes suyos cambian en órbita y, hasta donde hemos podido averiguar, aún no se han publicado resultados.
Mil veces la dosis
Con la radiación es cuando los tardígrados más se parecen a superhéroes. La dosis de radiación se mide en grays, y en las personas unos cinco grays de rayos gamma matan a la mitad de los expuestos. En 2006, los investigadores vieron que hacían falta entre 4400 y 5000 grays para matar a la mitad de un grupo de tardígrados. Es aproximadamente mil veces más.
Y los animales activos e hidratados resistieron igual de bien que los desecados, o incluso un poco mejor. Así que el estado seco no puede ser toda la explicación. Pero sobrevivir tampoco lo es todo. Tras más de mil grays, ninguno de esos animales puso un huevo que llegara a eclosionar.
En la especie de laboratorio Hypsibius exemplaris, la fertilidad cae bruscamente por encima de unos cien grays. En un estudio de 2026 con fármacos que rompen el ADN como lo hace la radiación, las células que no dejan de dividirse, en el intestino, en los huevos y en los embriones, fueron las primeras en fallar. Aquí está el enigma. Ningún lecho de musgo en la Tierra ha recibido jamás miles de grays, así que ¿por qué un tardígrado puede sobrevivir a tanto?
Hechos para la sequía
La explicación principal empieza con una bacteria llamada Deinococcus radiodurans, famosa por sobrevivir a la radiación. En 1996, los investigadores descubrieron que sus 41 cepas mutantes sensibles a la radiación también morían tras seis semanas de desecación. La desecación rompe el ADN, igual que la radiación, así que una célula capaz de reparar un tipo de daño puede reparar el otro. Eso significa que la resistencia a la radiación podría ser un accidente, un efecto secundario de sobrevivir a la sequía.
En 2003, el biólogo especialista en tardígrados Ingemar Jönsson propuso la misma idea para los tardígrados. La desecación sí daña su ADN. En una especie, el ADN roto en ciertas células pasó de casi nada en animales activos a cerca de una séptima parte tras seis semanas secos, y a cerca de una cuarta parte tras diez meses. En 2025, unos investigadores estudiaron una especie de tardígrado que no sobrevive a la desecación.
Su tolerancia a la radiación era más o menos la mitad que la de las especies resistentes a la sequía: unos 2200 grays. Eso sigue siendo unas 450 veces la dosis que mata a una persona, así que la sequía no lo explica todo, pero encaja. En 2024, el laboratorio de Bob Goldstein estudió lo que ocurre dentro de un tardígrado después de la radiación. La radiación sí rompe el ADN del animal, pero en un día el daño ya se está reparando.
Tras una dosis alta, miles de genes se activaron, y algunos genes de reparación del ADN pasaron a estar entre los más activos de todo el animal. Otro equipo encontró la misma respuesta en tres especies, junto con una nueva proteína exclusiva de los tardígrados que se une al ADN, llamada TDR1. Y en 2024, un equipo chino describió una nueva especie, Hypsibius henanensis. Usa un gen probablemente tomado de otro organismo para fabricar betalaínas, pigmentos vegetales que neutralizan las moléculas dañinas que crea la radiación.
Así que buena parte de su defensa es reparar, rápido y a gran escala.
Un escudo en un gen
Algunos tardígrados también llevan un escudo. En 2016, un equipo dirigido por Takekazu Kunieda secuenció el genoma de Ramazzottius varieornatus, una de las especies más resistentes. Encontraron una proteína desconocida en cualquier otro animal y la llamaron Dsup, de damage suppressor, supresor del daño. Cuando introdujeron su gen en células humanas cultivadas en placa, el daño de los rayos X en el ADN de esas células bajó cerca de un cuarenta por ciento.
Dsup se adhiere a los carretes sobre los que se enrolla el ADN y lo protege de los radicales hidroxilo, las moléculas que causan la mayor parte del daño cuando la radiación golpea el agua. No todos los tardígrados la tienen, y una de las dos ramas principales del árbol de los tardígrados parece carecer de ella por completo. En 2025, unos investigadores metieron las instrucciones para fabricar Dsup en nanopartículas y las inyectaron en las mejillas de ratones antes de irradiarlos. El tejido tratado mostró mucho menos daño en el ADN y, en ratones con tumores en la otra mejilla, la radiación siguió funcionando contra el tumor.
La proteína alcanzó su máximo en pocas horas y casi había desaparecido a los cuatro días. Por ahora, solo se ha probado en ratones, y Dsup no es inofensiva en todas partes: en células cerebrales de rata cultivadas en placa, llegó a causar daño en el ADN. Otras proteínas de tardígrado se están probando para mantener estables medicamentos frágiles cuando se desecan. En 2023, un fragmento modificado de una de esas proteínas sin forma mantuvo intacto durante diez semanas un fármaco desecado contra la hemofilia, el factor de coagulación ocho.
Ese trabajo lo financió en parte DARPA, la agencia de investigación del ejército de Estados Unidos. Nada de esto ha llegado aún a los pacientes.
El reloj detenido
Hay otra cosa extraña en el tun: el tiempo parece detenerse. En 2008, unos investigadores alemanes desecaron una especie una y otra vez entre periodos de alimentación. Su vida activa resultó más o menos igual a la de animales que nunca se desecaron, como si el tiempo pasado en seco no contara. En 2022, el mismo grupo congeló otra especie a treinta grados bajo cero, una semana sí y otra no.
Los congelados vivieron el doble según el calendario, y más o menos lo mismo que los demás si se resta el tiempo en el hielo. Los biólogos lo llaman la hipótesis de la Bella Durmiente. Pero la pausa no es perfecta. Mientras están secos, su ADN se va rompiendo poco a poco, y cuanto más tiempo pasan así, menos vuelven y más tardan.
El reloj del animal se detiene, pero sus moléculas no.
La letra pequeña
Esa es una de las razones por las que los récords famosos vienen con letra pequeña. En 1983, unos investigadores japoneses recogieron musgo en la Antártida y lo congelaron a veinte grados bajo cero. En 2014, tras treinta años y medio, lo descongelaron. Volvieron a la vida dos tardígrados y un huevo, y uno de los animales y la cría que nació tuvieron descendencia, pero tardaron mucho en recuperarse.
Quizá hayas oído que los tardígrados sobreviven a 151 grados Celsius. Esa cifra procede de experimentos de hace un siglo o más. En pruebas modernas, la mitad de los tardígrados desecados murieron tras una hora a unos 83 grados, o tras un día a 63. En 2007, unos investigadores japoneses comprimieron tardígrados desecados a unas setenta y cuatro mil atmósferas, casi setenta veces la presión del fondo del océano más profundo.
Tras veinte minutos, estaban bien. Tras seis horas, todos despertaron, pero les temblaban las patas, no podían caminar y en cinco días habían muerto. Y la historia de los tardígrados revividos a partir de musgo de museo de 120 años se remonta, según relatos posteriores, a un informe de 1948 sobre un único animal que movió brevemente las patas delanteras. Hasta el genoma tenía letra pequeña.
En noviembre de 2015, un artículo afirmó que cerca de una sexta parte de los genes de un tardígrado procedían de otros organismos. Ocho días después, otro equipo publicó un preprint que mostraba que gran parte de ese ADN ajeno venía de bacterias que contaminaban la muestra. Para mayo de 2016, más análisis habían llegado a la misma conclusión, y la proporción real resultó ser del uno o dos por ciento como mucho. Aun así, algunos genes tomados de otros organismos sí parecen reales, como el gen del pigmento de aquella especie china.
Qué mata de verdad a un tardígrado
Volvamos entonces a la pregunta: ¿qué mata a un tardígrado? Primero, el calor. En 2020, unos investigadores daneses mantuvieron ejemplares activos de Ramazzottius varieornatus a distintas temperaturas durante un día. La mitad murió a 37,1 grados.
Otras especies estudiadas murieron a temperaturas parecidas, entre 36 y 39. Los investigadores llamaron a la alta temperatura el talón de Aquiles del tardígrado. Después, el oxígeno: en agua casi sin oxígeno, los tardígrados activos se recuperan de una exposición breve, pero tras un día casi ninguno lo logra. Después, el tiempo, porque cuanto más tiempo pasa un tardígrado en estado de tun, más daño se acumula.
Después, la velocidad. En 2021, unos investigadores británicos congelaron tardígrados y los dispararon con un cañón de gas contra arena. Hasta unos 730 metros por segundo sobrevivieron todos, y a 900 no sobrevivió ninguno. Y la radiación, mucho antes de matarlos, les impide reproducirse.
Casi todos los récords corresponden al tun seco y apagado. Despierto, un tardígrado es un animal pequeño y blando que necesita agua, oxígeno y temperaturas suaves, como la mayoría de los animales.
Tardígrados en la Luna
Lo que nos lleva a la Luna. En abril de 2019, el módulo de aterrizaje israelí Beresheet se estrelló durante su intento de alunizaje. A bordo iba un pequeño archivo de la Arch Mission Foundation: una pila de 25 finas capas de níquel, del tamaño de un DVD, con millones de páginas de texto. Entre las capas, fijados en resina epoxi, había miles de tardígrados desecados.
Nova Spivack, de la fundación, contó después que nunca le dijeron al equipo del módulo que llevarían seres vivos a bordo. ¿Pudieron sobrevivir? El límite del cañón de gas estaba por debajo de un kilómetro por segundo, y los investigadores que hicieron esas pruebas creían muy probable que un choque como el de Beresheet superara ese límite. Aunque unos pocos hubieran sobrevivido intactos, la Luna no tiene agua líquida para despertarlos ni nada que comer.
En el mejor de los casos, los tardígrados de la Luna están secos e inactivos, y lo más probable es que estén muertos.
Una cabeza que camina
Si no son superhéroes, ¿qué son? Los tardígrados pertenecen al mismo gran grupo que los insectos, las arañas y los gusanos aterciopelados. Sus antepasados, hace unos quinientos millones de años, probablemente parecían gusanos alargados con patas cortas, llamados lobópodos. En 2016, Frank Smith y sus colegas compararon los genes que organizan el cuerpo de un animal de la cabeza a la cola.
Los tardígrados habían perdido los genes de una enorme sección central, y casi todo el cuerpo del tardígrado corresponde solo a la cabeza de un insecto. Dicho de otro modo, un tardígrado es sobre todo cabeza, con patas. Su registro fósil es minúsculo: solo se han encontrado unos pocos, la mayoría en ámbar. Uno de Nueva Jersey, de unos 92 millones de años, es casi idéntico a una especie actual.
No pueden caminar lejos, pero se desplazan. Los investigadores encontraron tardígrados en el setenta por ciento de los nidos de aves que revisaron, y también sobre el cuerpo de las aves. En un experimento, cerca de un tercio de los tardígrados que se comieron unos caracoles salieron vivos por el otro extremo. Como muchas especies no necesitan machos, una sola hembra desecada llevada a un lugar nuevo podría, en principio, fundar una población.
No es indestructible
Así que el tardígrado no es indestructible. Su verdadero talento es detenerse: secarse, apagarse y esperar, a veces durante décadas, hasta que vuelve el agua. Su tolerancia a la radiación parece ser un efecto secundario de ese talento, moldeado por la sequía en un cojín de musgo y no por el espacio. Y las herramientas que usa para sobrevivir, un escudo para el ADN, proteínas sin forma y una reparación rápida, se están probando ahora en células humanas, en medicamentos y en ratones.
Nada mal para un animal que puede morir tras un día a la temperatura del cuerpo.
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Fuentes
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